Minatitlán en el año de 1831, visto por un viajero francés

Cinco años, habían transcurridos de la fundación de Minatitlán, en ese proyecto de colonización de la cuenca del Coatzacoalcos. El aporte proporcionado por un colonizador francés fue extraordinario, que representa un punto de partida, para entender el lugar, ahora que se acerca el Bicentenario de ese asentamiento, tan relevante para la ciudad, como de todo el sur de Veracruz y el istmo de Tehuantepec. Bien señaló… “Minatitlán cuenta pocos años desde su fundación; muchos de sus primeros habitantes viven aún…”

“Cuanto más nos acercábamos a Minatitlán, término de nuestro viaje, más grandes nos parecían los árboles que se levantan en las dos riberas y más bellos nos parecían los sitios. Eran como largas murallas verdes, formadas por lianas y arbustos, flanqueadas por grandes árboles a guisa de torres. De trecho en trecho tenían unas brechas por las que desembocan al río unos riachuelos de agua dulce y pura; grutas deliciosas, donde las lianas se cuelgan en festones y bajan hasta el agua límpida; templos de la naturaleza, donde se levanta la palmera salvaje, como un candelero de siete brazos y donde el palmito parece un cirio en un altar. Pájaros de todos los colores se reúnen en sus frescas sombras y cantan a coro la dicha de la soledad. Junto a esta naturaleza llena de vida y juventud, viejos árboles tapizan a veces los bordes del río. Ahí están, yaciendo hojas y sin cortezas, blanqueados por la lluvia y el rocío, cómo cadáveres. El hombre no es único que muere, también la naturaleza tiene recuerdo de duelo. Fueron altos y poderosos árboles de la selva; mucho tiempo desafiaron al rayo, las tormentas y las inundaciones; elevaron orgullosamente sus cabezas en medio de las tempestades y, sin embargo, se les ve tendidos. Eso no es todo: a veces, se ven árboles de pie, pero ya medio muertos; calvos, es verdad, pero cubiertos de un verdor prestado. Las lianas trepan por sus troncos, rodean sus ramas y toman el lugar de sus follajes.

Vimos ya pantanos, ya claros, sabanas, algunas milpas, algunos canales. Con la mayor frecuencia plátanos de grandes hojas rodeaban los terrenos cultivados; se percibía también la hoja espinosa de la piña, cuya fruta no había madurado aún. A lo lejos, en las cimas y pendientes de los cerrillos arenosos, el cocotero elevaba con orgullo su cabeza.

Los franceses que vinieron a nuestro encuentro nos lo explicaron todo y nos dijeron que Minatitlán no tardaría aparecer.

¡Minatitlán! ¡Minatitlán! El nombre voló de boca en boca, a la vista de una choza que percibimos sobre un montículo, tras el cual está su aldea. Pronto estuvimos frente a la pequeña explanada que le sirve de puerta. Gran cantidad de piraguas bordeaban las riberas. Muchos habitantes acudieron a vernos desembarcar. Las mexicanas se habían adornado con sus mantillas como en día de fiesta. Todos los franceses establecidos en la aldea y sus alrededores se dieron cita a la orilla del río. A la vista de nuevos compatriotas se pusieron a gritar, agitando en el aire pañuelos y sombreros: ¡Vivan los franceses! ¡Vivan los franceses!, gritamos a nuestro turno. ¡Vivan los franceses! Y todos los pasajeros se agolparon en turno. ¡Vivan los franceses! Y todos los pasajeros se agolparon en el puente, esperando con impaciencia que se echase el ancla, para poder llegar a tierra.

La Fabrica o Minatitlán, del nombre de Mina, general español que peleó en México por la independencia. La Fábrica es una aldea compuesta por medio centenar de casas hechas con tablas de cedro y de caoba, o bien con bambú clavado en la tierra y unido por lianas. Todas ellas tienen hojas de palmera y las más viejas tienen, cuando más, veinte años de existencia. Están rodeadas por un corredor exterior formado con las estacas que sostienen el tejado, para proteger el interior contra la lluvia y el sol. Muchas están construidas con elegancia y, como son muy grandes, aunque sólo cuentan con una planta, familias enteras pueden vivir en ellas con toda comodidad. Pequeñas cabañas construidas detrás de las grandes, a pocos pasos de distancia, sirven de cocina.

Las casas de Minatitlán están sembradas aquí y allá, al pie, en la pendiente y en la cima de dos colinas, de las cuales más habitadas es la que está situada más cerca der río; la otra, en el noroeste, no puede percibirse desde la corriente. Está dominada por la iglesia, que no es más que una gran cabaña con una gran puerta, sobre la cual está suspendida una campana pequeñita. El río Coatzacoalcos corre al este de la aldea, que se sitúa en la ribera izquierda. Al sur y al norte hay dos pantanos inundados durante la estación de lluvias que sirven de pasto a numerosos hatos de bueyes y caballos, propiedad de los principales habitantes, durante la estación bella. Un alcalde, un corregidor y un comisario encargado por el jefe político de Veracruz de distribuir las tierras a los colonos y proteger y vigilar sus intereses, tales como las autoridades del lugar. Hay que agregar al aduanero, quien es una especie de administrador general del tesoro público. Minatitlán cuenta pocos años desde su fundación; muchos de sus primeros habitantes viven aún.

Así, éste es el único puerto del Coatzacoalcos. Es en Minatitlán donde desembarcan los productos industriales de Tehuantepec, que consisten principalmente en hamacas de cuerdas de maguey, esteras, sillas de cuero, botines, sombreros de fieltro. Desembarcan también los productos agrícolas de Tabasco, a saber: café y cacao. De estas mercaderías, las primeras descienden el Coatzacoalcos en piraguas indias. Las otras desembocan en este río por el Uspanapa. Se les transporta a lomo de mula desde Minatitlán a las diversas aldeas situadas entre el Coatzacoalcos y el río San Juan, desde donde otras piraguas los llevan a Tlacotalpan y Alvarado, dos pequeñas ciudades, con un comercio importante, situadas a una cuarentena de leguas de Minatitlán.

No pocos colonos han habitado Minatitlán, este bazar de la colonia del Coatzacoalcos. En el término de dos años ha sido sepultado en su cementerio un número de personas tal vez mayor al de su población, compuesta por mexicanos, indios, algunos franceses escapados de las enfermedades, ingleses, estadounidenses, que pueden elevarse, cuando más, a una centena de habitantes”.

Fuente.- Pierre Charpenne, Mi viaje a México o el colono del Coatzacoalcos, Editorial Mirada Viajera, México, 2000. pp.129-131.

Fotos.- Las dos imágenes representan al Minatitlán de las primeras décadas, a partir de su fundación en 1826 y que reflejan lo descrito por el francés Pierre Charpenne. Fuente desconocida.

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